Discipulado - ¿Quién es el más Grande?
Héctor A. Burgos-Núñez, Pastor
Trasfondo Bíblico: Marcos 9:30-37 (énfasis en los versos 33-37)
09.26.2009 – FUMC, Ministerio Hispano – Casa de Esperanza, Tuckerton NJ (USA).
La semana pasada comenzamos a considerar juntos algunas de las implicaciones sobre lo que representa ser seguidores/as (discípulos/as) de Jesucristo. A modo de resumen, y para refrescarnos la mente - vimos en el evangelio según Marcos 80:31-38, a través de en una conversación de Jesús con sus discípulos y una multitud de personas, que se nos aclaró que llamarse discípulos de Jesucristo tiene un precio.
Jesús, dijo en Marcos 8:34 – si alguno quiere ser mi discípulo/a: niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Estas palabras de Jesús, como les comenté la semana pasada, son sumamente retantes, porque nos invitan a renunciar a nuestra manera de querer hacer las cosas para abrir espacio al propósito de Dios para nuestras vidas.
El reto de Dios significa identificarnos, no solo con el nombre de Jesús, sino también con su manera de vivir y amar a los demás; y con sus sufrimientos – para que podamos reclamar la victoria y bendiciones que Jesús nos promete. Y por tal razón, cada día, tenemos que pedirle al Espíritu Santo que nos de la determinación y la fortaleza para que podamos aceptar en humildad la invitación de Jesús de negarnos a nosotros/as mismo, tomar nuestra cruz, y seguirle a donde el nos quiera llevar.
El pasaje que leímos hoy en Marcos 9:30-37 nos lleva a profundizar un poco más sobre lo que significa ser un buen discípulo de Jesucristo. Mis amados/as, vivimos en una sociedad donde constantemente se está debatiendo sobre quién es el más importante y poderoso.
Imaginen lo importante que este tema es para la sociedad americana, que la revista Time, una revista que discute temas de actualidad, dedica dos (2) ediciones de su publicación TODOS los años para enumerar las 100 personas más POPULARES en la sociedad; y otra para enumerar las 100 personas con mayor PODER e INFLUENCIAS en la faz de la tierra.
Aquí lo preocupante no es tan solo que esta compañía dedique millones de dólares para producir este tipo de publicación y escribir sobre estos temas; sino que estas dos ediciones de la revista son, en la actualidad, en las que ellos reportan el mayor número de ventas. Y lo que pasa mis amados/as, aunque algunas personas no lo quieran admitir, es que nos gusta saber quiénes son las personas que la sociedad considera las más “grandiosas”, las más poderosas, las más influyentes – muchas veces con la esperanza de estar en esa lista.
El pasaje que leímos en el evangelio según Marcos 9:33-37, nos aclara que esto de querer saber quién es el más importante, o el más grande, no es algo exclusivo de nuestros tiempos, sino que también ocurría en los tiempos del ministerio terrenal de Jesús.
Jesús y sus discípulos, vivían en una sociedad donde el tener poder y posición social era muy importante. Y como era de esperarse, y de la misma forma que muchas personas todavía hacen hoy en día, los discípulos de Jesús también debatieron con la pregunta sobre: ¿quién era el más grande/importante entre ellos?
Según vemos en el pasaje, parece que los discípulos de Jesús estaban tratando de contestar esta pregunta tan importante para todas las personas que anhelan seguir a Jesús, utilizando los principios y creencias que eran populares en sus tiempos. Pero, como nos dice el autor bíblico, Jesús interrumpió su conversación y retó su noción sobre lo que significa ser “el más grande/importante” utilizando nada más que la analogía de un niño.
Cuando meditamos en esta comparación, la primera impresión que nos pudiera venir a la mente es que: para ser el más importante en los ojos de Dios tenemos que ser como el niño que Jesús les presentó. ¿verdad?
Pero, la realidad es que si nos fijamos detenidamente en el pasaje, nos podemos dar cuenta que Jesús aquí no está definiendo importancia/grandeza, tratando de indicar que nos tenemos que parecer o convertir en niños/as. La afirmación de Jesús no fue parézcanse a este niño. Jesús dijo, si ustedes quieren ser realmente importante en mis ojos, RECIBAN/ACEPTEN a este niño. Jesús aquí está haciendo una declaración revolucionaria a sus discípulos y a nosotros también.
No sé cuantos/as sepan esto, pero los niños en el tiempo y sociedad donde Jesús vivió no tenían ningún tipo de posición social: no tenía poder, eran los más vulnerables y no tenían derecho a tener ninguna posesión.
Entonces, lo que el Espíritu Santo nos está enseñando en esta tarde es: que si nosotros/as queremos ser considerados importantes en los ojos de Dios, como individuos y como Iglesia, tenemos que recibir y amar a todas las personas, que como los niños en el tiempo de Jesús, hoy son considerados los más vulnerables, lo que no tienen ninguna posesión, y ningún tipo de poder o influencia en la sociedad.
Ser una persona importante, a los ojos de Dios, no tiene nada que ver sobe lo que uno tenga, lo famoso que se sea o el poder e influencias que podamos ejercer. Ser una persona importante, a los ojos de Dios, está basado en las personas que recibimos en nuestras vidas, el amor que les brindamos, y como nos preocupamos por ellos/as.
Grandeza, para Dios, (desde mi punto de vista) significa que en humildad y con un corazón genuino, dejamos nuestros lugares de privilegio y comodidad (si, porque muchas veces nosotros como minoría étnica alcanzamos lugares de privilegio y conformidad), y vamos en busca de los “niños” de nuestros tiempo: el pobre, el marginalizado y el oprimido, y les damos la bienvenida a nuestras vidas y les servimos en amor proveyendo a sus necesidades integrales (físicas, emocionales, sociales, relacionales y espirituales).
Grandeza, para Dios, nos llega cuando crecemos en nuestro amor por TODAS las personas a las que Dios ama, no relacionándonos con ellos por pena o como un acto de caridad, sino compartiendo con ellos/as el amor que hemos recibido de parte de Dios, por medio de Cristo Jesús. Grandeza, para Dios, es invertirnos en los sueños que Dios tiene para nuestra comunidad, y colaborar para que todas las personas puedan alcanzar el potencial que les ha sido dado por Dios.
Pero tenemos que estar claros sobre algo – y es que esta invitación de Jesús de recibir y aceptar, no se limita a los pobres y los marginados. A nuestras vidas, a nuestra iglesia también llegan (y escuchen bien, van a llegar muchas) personas que aun teniendo estabilidad social, posesiones, trabajos y hasta influencias, viven en completa pobreza espiritual, a las que vamos, no tan solo recibir y tenerlas en medio nuestro, sino como Jesús hizo con el niño en el vs. 36, las vamos a tener que abrazar. Las vamos a tener que traer bien cerca de nuestros corazones y amarles para que reciban la sanidad y restauración que Jesucristo anhela para sus vidas y para cada uno/ de nosotros/as.
En un tiempo donde las Iglesias y tantas personas se están debatiendo sobre quién es el más importante, o influyente en la comunidad - permitámosle a Jesús interrumpir nuestras discusiones sobre este tema y renovar nuestro entendimiento y alinear nuestra manera de pensar con la perspectiva de Dios.
Cuando pensemos sobre lo que significa ser el más importante: no pensemos en dinero, poder o influencias. Cuando como iglesia pensemos en cual iglesia es la mejor no pensemos en edificios grandes y elegantes. Pensemos en las personas a las que le estamos dando la bienvenida a nuestra vida y ofreciéndoles un lugar especial en nuestros corazones. Pensemos en cuantas personas estamos alcanzando con las buenas nuevas del evangelio de Cristo Jesús. ENTENDIENDO, que cuando las puertas de nuestros corazones y nuestra iglesia están abiertas a todas las personas, incluyendo los que la sociedad ha olvidado, como el mismo Jesús le aclaró a sus discípulos en el versículo 37, le estamos abriendo las puertas y dando la bienvenida a Cristo Jesús en nuestros medios. Y siempre conscientes que cuando dejamos a alguien afuera o lo marginamos – también dejamos, en una manera literal, a Cristo fuera de nuestras vidas y también le marginamos a El.
Jesús dijo, si alguno quiere ser mi discípulo: niéguese a si mismo/a, tome su cruz, y sígame. Y si alguna ambiciona grandeza e importancia en su vida, reciba, acepte, sirva a todas las personas, de la misma manera que yo les he recibido, aceptado y servido.
Así nos ayude Dios.